• diciembre 9, 2023

MAX MORA “La arquitectura es mi pasión”

“Siempre quise ser y sentirme arquitecto”

Por Lucas Vega

Con 40 años recién cumplidos, Max Mora es uno de los referentes de la arquitectura nacional.

Desde que era un niño recibió de su entorno la influencia del diseño y la arquitectura, una infancia entorno a proyectos emblemáticos de la modernidad como son el Sport Françoise, la remodelación San Borja y Las Torres de Tajamar, que marcaron su amor por la arquitectura, su comprensión entre el habitante, la naturaleza y la ciudad. Es lo que ha ido forjando la identidad rupturista de este arquitecto chileno. En una entretenida conversación Max nos cuenta de sus inicios, de las influencias que tiene y de sus futuros proyectos.

 

 

Max siempre te has definido como un arquitecto que posee una visión global, ¿Cuéntanos a que te refieres, al decir eso?

Creo que un arquitecto(a) debe tener una visión global, es nuestra misión proyectar el futuro. Siempre quise ser y sentirme arquitecto, entonces ahí también la responsabilidad y motivación de estar muy conectado con lo que está pasando en el mundo e imaginar lo que pasará más adelante, construir una respuesta coherente. Tuve la suerte, gracias al trabajo de mi padre, de viajar por muchos lugares increíbles desde muy niño y ese contacto con diversas culturas fue muy importante para desarrollar una empatía especial con los distintos entornos. Cuando empecé a trabajar invertía gran parte de mi sueldo y ahorros en seguir mí propia ruta de aprendizaje, siempre muy orientado a lo existencial.  Soy muy callejero, de largas caminatas, muy conectado con el contexto, con lo que se quiere o se debe vivir, el llamado del lugar. Las ciudades y la naturaleza siempre me llamaron la atención por la forma de brillar, son sistemas muy parecidos, como se mueven, sus dinámicas, y su habitar natural.  Cuando viajaba siendo niño, desde el avión, identificaba las ciudades por sus luces, edificios y colores, les ponía nombres abstractos o apodos.

En los viajes mi padre evitaba los museos y me llevaba a conocer otros lugares más cotidianos que turísticos, más típicos, más genuinos, me contaba historias de los lugares. Esto, al día de hoy, me invita siempre explorar el encargo desde un relato que va viajando por distintas experiencias, cotidianas y particulares, siempre emocionales.

He desarrollado proyectos para japoneses, estadounidenses, franceses, argentinos, canadienses, entre otros. Cada proyecto es una experiencia grandiosa, llena de detalles y anécdotas. Todo esto siento que ha sido un regalo, y muy naturalmente me ha entregado una visión amplia y generosa, lo que no necesariamente se traduce en una estética comúnmente apreciada y tampoco en alguien excepcional. Pero si diría que me ofrece una inquietud adicional al enfrentarme a un llamado.

 

 

¿Cuáles son los proyectos que te inspiran, y que te dan ganas de realizar?

Me inspiran los encargos atrevidos, los que son desafiantes, aquellos que parecen estar vivos, donde hay experiencias únicas. En simple, donde pasan muchas cosas y hay muchas emociones.  Se podría decir que aquellos proyectos que tienen un gran componente emocional, como la arquitectura urbana, con múltiples espacios públicos de desarrollo local, de encuentro y de artes de todo tipo.  Por, sobre todo, donde se pueda desarrollar la cultura, el alma y donde la naturaleza sea protagonista y pueda estar muy presente.

Me encantaría realizar una gran cantidad de proyectos dentro y fuera de Chile, en el río Mapocho, por ejemplo, me gustaría recuperar la imagen del río, entregarle múltiples programas, darle fuerza y que den ganas de habitarlo en toda su extensión, de pasear entorno a él.

Por otro lado, un poco más “brutalista”, me encantaría reconvertir el Congreso Nacional de Chile, no demolerlo completamente, aunque reconozco que me encantaría, pero si desarrollar un proyecto que cambie la imagen aterradora que le entrega a la ciudad de Valparaíso y lo transformaría muy probablemente en un gran centro cultural y de escala mundial, me gusta mucho la idea de convertir edificios pensados para una cosa y que terminen en algo radicalmente distinto.

 

 

Dices no tenerle miedo a las formas y los colores ¿Cuál ha sido tu obra más atrevida o rupturista?

Creo que le tenía más miedo a caer en un estilo, a ser conocido por una forma o por entrar en una especie de catálogo, nunca me llamó la atención la monotonía o encasillarme. Cada persona o cada entorno tiene un enorme potencial y mucho que decir desde lo particular, lo propio, y desde ahí nace todo. Realizamos mucho talleres con nuestros clientes, participan bastante y los hacemos parte del encargo, cuando uno pide algo no necesariamente lo sabe pedir o encargar. Eso es lo que trabajamos en los talleres, a identificar lo que se quiere vivir. No podría diseñar algo igual o con la misma esencia de otro encargo, cada proyecto es único en sí mismo, más en una país como Chile, con toda su diversidad, con toda su riqueza en materias primas, con la proximidad que hay entre cordillera y mar, con la diversidad del paisaje. Como arquitecto, el llamado es claro a saber de muchos materiales, a estudiar siempre y por sobre todo a vincularse con el medio, esto obliga a proponer con más intención o con mayor responsabilidad.  El miedo mayor me parece que está en la sociedad, construimos mucho desde el miedo, se encarga con miedo, todo es muy conservador. Para mí, es muy llamativo que una familia se quiere hacer una casa igual a la de al lado o a la de una persona que conocen, teniendo la posibilidad de tener algo a su medida. Trabajamos e invitamos a hacernos cargo todos del llamado de la obra, a perder el pudor, a imaginar y soñar en colores, con texturas, a viajar con las emociones y todo lo que debe ocurrir, recién ahí aparece la forma y el color, para mi la luz de la obra.

Creo que esa obra atrevida o rupturista aún está en desarrollo, ahora bien, probablemente el edificio de la Universidad de Aysén en el centro de Coyhaique es algo que se acerca a lo “atrevido” para el lugar o el contexto. Coyhaique es una ciudad donde el hormigón, la madera y la piedra son materiales muy dominantes. Sin embargo, el encargo merecía ser más consciente en la optimización de recursos, una imagen de transformación, de cierta rebeldía y una nueva forma de vinculación con la ciudad. La obra se realizó en plena pandemia, varias cosas debieron ser modificadas y acomodarse a la precariedad de recursos disponibles para la construcción, adicionalmente Coyhaique es un lugar complejo desde el punto de vista logístico, climático y constructivo.

El objetivo se logró en gran medida, todas las piezas estructurales y revestimientos del edificio llegaron rotuladas y cortadas a medida para no dejar desechos en la zona (La Patagonia), todo muy dimensionado. Queríamos lograr la imagen unitaria, como una especie de roca labrada de luz y contraluz, con ciertas luces pequeñas (las ventanas). Se ocuparon placas de acero de ocho metros, todo perfectamente dimensionado, no había margen de error. Parecía simplemente una locura, pero la Universidad tenía un plazo y había que cumplir con una demanda local que permita el desarrollo en la región.

Lo que más rescato y valoro del proyecto es haber creado un paseo por todo el borde del edificio, así como se recorre también la ciudad, de esta manera también se protegían los interiores de las salas de clases y oficinas del exterior calle.  Creo que fue un proyecto complejo, sencillo, significativo y quizás rupturista.

 

 

¿Crees que Chile ha tenido un desarrollo en el mundo de la arquitectura y el diseño?

Chile para mí es ejemplar, construimos con muy pocos recursos, somos muy Low Tech, nos reconocen en el mundo por esto. Contamos con grandes arquitectas y arquitectos, sus obras son espectaculares, creo que ha existido un desarrollo al alcance de las posibilidades, pero ha sido de gran nivel. Si considero que se hace muy poca arquitectura como tal, ya que no todo lo construido es arquitectura, hemos tenido un desarrollo inmobiliario importante, pero un no muy importante desarrollo de obras de arquitectura. En mi creencia, el título académico de arquitecto no hace al arquitecto, así como la construcción no hace la arquitectura; realizar una obra de arquitectura es algo muy especial, es algo único, es algo especial, me atrevería a decir que su belleza podría incluso no ser evidente a simple vista, pero cuando uno está en presencia de una obra, uno se da cuenta.

Chile es un territorio mágico, múltiple y generoso en toda su magnitud y la arquitectura tiene el deber de extender la belleza del lugar que la recibe y el paisaje que le regala.

Este es Max Mora uno de los nuevos rostros de la arquitectura, que viene a refrescar el mundo del diseño en Chile, con su forma rupturista y moderna de ver las cosas.

Para más información

www.maxmora.cl

@maxmora_arquitecto

 

 

 

 

Carlos Rosenberg

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